Casi nunca se toma muy en serio la idea de caminar como un tipo de disidencia. Integrado al paisaje humano bajo la forma de la locomoción más natural, el acto de caminar puede entenderse como una alternativa de esparcimiento, como una variedad de ejercicio aeróbico, como una opción para las distancias cortas o incluso, durante las marchas de protesta, como un medio para expresar inconformidad e indignación. Pero rara vez se advierte que el desplazamiento bípedo, en particular cuando carece de un objetivo, del afán de conducirnos a alguna parte, en las sociedades motorizadas e instrumentales de hoy se ha convertido en un escándalo, en un anacronismo exasperante, una provocación demasiado lenta.
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